BOLETÍN DE SOR FILOMENA 2018

La Vble. Sor Filomena Ferrer nació en Mora de Ebro –Tarragona- el día 3 de abril de 1841. Sus padres Félix Ferrer -escultor- y Josefa Galcerán, excelentes cristianos. Tuvieron diez hijos, pero cinco de ellos volaron muy pronto al cielo; los otros cinco son: Filomena, Félix, Miguel, Joaquina y Manuela, -esta última, tal como Sor Filomena había profetizado - fue monja mínima en el Monasterio de Valls, y una de las fundadoras del Monasterio de Mora de Ebro.

  PINCELADAS

    Alguien dijo de la Venerable Filomena que pasó por nuestra tierra co-mo “Flecha disparada, que no se detuvo en nada y voló derecha a Dios”. Consagrada a la Virgen desde el seno de su Madre, comenzó a manifestar su amor a la Señora desde su más tierna edad. También al Niño Jesús amaba con tierno amor. Tenía tres años cuando lo re-volvía todo buscando la ropita del bebé -hermanito- que había de nacer, pensando que se trataba de los pañales del Niño Jesús. Al encontrarlos los acariciaba y besaba.
   Un sacerdote al verla en la igle-sia comentó: «La edificante compostura de esta niña es para mí indi-cio segura de que, con el tiempo, llegará a un alto grado de santidad. En todo era sencilla y normal: seria y reservada en los lugares y tiempos debidos, a la par que festiva y alegre con las niñas de su edad.
   Afable y conciliadora, tenía una particular habilidad para suavi-zar asperezas, tanto entre sus propios hermanos como entre las ni-ñas que acostumbraban a jugar juntas.
Recuerda su amiga Amorós: «Íbamos muchas veces a lavar la verdura en el río Ebro, y si oía alguna blasfemia o palabra mala, la reprendía. Tenía miedo de que se acercasen a nosotras los barqueros, por temor de oír malas palabras». «Nunca vi en ella ni oí de sus labios cosa que contradijese o repugnase a un verdadero espejo de pureza», declara su hermano Félix. Su madre le encargaba llevar limosna a los pobres. Filomena gozaba de hacerlo; siempre acompañaba la limosna con palabras de cariño, bondad y fe que hacían más llevadera la cruz de la pobreza a las personas que socorría.

   Ayudaba económicamente con mucha delicadeza a una jovencita muy pobre: cuando la veía que iba a buscar agua al río, la seguía con su cántaro; le pedía se lo llenase de agua, y como recompensa le daba algunas monedas que aliviaban su pobreza. Testifica de Filomena, uno de sus confesores: «Durante el año que se con-fesó conmigo, jamás encontré en aquella niña, Filomena, no digo yo un pecado mortal, sino ni uno venial deliberado.”
    A los 13 años hizo su primera comunión, y muy pronto recibió en un éxta-sis luces especiales sobre el misterio de la Inmaculada Concepción y sobre la be-lleza de la virginidad. Esta iluminación celestial la movió a consagrar a Dios su virginidad para siempre. Dice en sus escritos refiriéndose a aquella época de su adolescencia: “Lo que más abrasaba mi pobre corazón era una tierna devoción a mi dulcísima Ma-dre la Santísima Virgen María”.
   Tenía 16 años cuando manifestó a sus padres el deseo de ingresar en un convento de-dicado a la Inmaculada. Y se entabló una dura y dolorosa lucha entre su vocación y la oposi-ción de sus padres que no la creían apta para el claustro por su débil salud. Sufrió lo indecible entre enfermedades, oposición familiar, pruebas del cie-lo y del Maligno enemigo de las almas.

EN LA CASA DE MARÍA

   Al fin, a los diecinueve años, convencidos sus padres de la vocación de su hija, le permitieron ingresar en el Monasterio de Monjas Mínimas de Valls. Dicho Monasterio está dedicado a la Inmaculada Concepción de María. Su madre, que la acompañó al convento dijo a la Madre Superiora: “Madre, les entre-go esta hija mía, limpia y pura, co-mo Dios me la dio, pues no dudo per-manece en ella la gracia bautismal”.
   Su primera ex-periencia, que duró toda la vida fue sentirse muy “feliz en la casa de María” como ella llamaba a este nuestro Monasterio dedicado a la Inmaculada. Testifica de ella una religiosa: “Su alegría, apenas se vio entre nosotras, fue inmensa. Parecía que vivía más en el cielo que en la tierra”. Las monjas bien pronto se dieron cuenta del tesoro que era esta joven religiosa que a todas edificaba con su fervor, su observancia religiosa, su tensión hacia la santidad, su cercanía a cada hermana en sus necesidades. Se decía en la Comunidad: “Donde hay una necesidad, allí está Sor Filo-mena con el lenitivo de su caridad”. Fue para nuestro Monasterio una verdadera bendición de Dios: Trabajó incansablemente por llevar a toda la Comunidad a la más estricta observan-cia de la Regla en aquellos puntos que se había relajado.

DEVOTÍSIMA DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

   «Seamos buenas, que el Corazón de Jesús esto desea y espera para co-municarse a todas».
Dice de ella el Padre Narciso Dalmau, (su Confe-sor-Director) que aunque estuviera trabajando ocupada en muchas cosas, “su mente la tenía en el Corazón de Jesús. Lo cual lejos de serle estorbo para el trabajo, era medio de hacerlo con más primor y presteza”. ¡Ay, Padre! ¡Qué llamas de caridad arden en el amantísimo Corazón de Jesús a favor nuestro! No tengo papel ni palabras para ex-plicarlo”.
   Según el testimonio de su Confesor, “Pasaba las más de las noches sin poder cerrar los ojos, porque la grande afición que había tomado al dolorido Corazón de Jesús apenas le consentía momento de sueño”. “Esposo mío de mi alma, vos en cruz nudosa… ¡Oh Señor Dios mío! ¿Quién os ha puesto en ese madero? ¿Por qué recibís esos dardos que el peca-dor arroja contra vuestro amable Corazón? ¿Y no habrá alguna alma cristiana que se asocie a vuestro dolor, llore como vos, y por vos?”.
   Y este ardiente amor al Corazón de Jesús la llevaba a una penitencia y oración intensa por la conversión de los pecadores: Un día por revelación del Señor, supo que en la iglesia de su Monasterio había un hombre dispuesto a hacer una confesión sacrílega ocultando algún pecado. Rogó tan intensamente por aquel hombre que al fin se convirtió e hizo una buena confesión. El demonio, rabioso, empezó a molestarla, pero se le presentaron Jesús y María, y la reconfortaron de los maltratos diabólicos, dándole a gustar un néctar celestial; desde ese momento todo alimento terreno le resultaba desabrido.
   Confidente y apóstol del Sagrado Corazón de Jesús Sor Filomena, trabajó mucho en la Comunidad, entre sus familiares, conocidos, religiosos, religiosas y sacerdotes para difundir el amor, la reparación y la consagración al Sagrado Corazón de Jesús. “Escribe lo que de mi Corazón entiendas. Yo me valdré de ti para bien de otros”, le decía Jesús. Así era Sor Filomena. La hemos presentado al vuelo en pinceladas toma-das al azar. Pero en profundidad se nos escapa su fisonomía espiritual. Intenta-remos decir algo más, o que ella misma nos hable desde sus escritos.


SU OBRA

   El Señor le pidió la fundación de un Monasterio de Monjas Mínimas en Mora de Ebro; y anejo a él, un Templo Expiatorio dedicado al Sagrado Co-razón de Jesús.
Las Monjas que habitasen dicho Monas-terio deberían ser devotísimas del Corazón de Jesús y muy fieles observantes de la Regla.
Después de algunos años de oración, angus-tias y resistencias, venciendo repugnancias y dificultades, Filomena dio los primeros pa-sos para la fundación del Monasterio y Tem-plo Expiatorio habiéndolo consultado y dis-cernido muy prudentemente con su Supe-riora y con su Director espiritual, P. Narciso Dalmau.

   Escribe a su tío sacerdote poniéndole al corriente de estas manifestaciones del Señor y pidiéndole ayuda para esta obras: “…Es el caso Mn. José que de mu-cho tiempo a esta parte Dios sensiblemente me manda y que sería cosa a su altísima voluntad muy agradable, emprendiese la fundación de un convento de Religiosas Mínimas Descalzas en esa población de Mora de Ebro. Esta voluntad del Señor con frecuencia a mí manifesta-da, tantas veces ha sido de mí contradecida cuantas de mis Superiores despreciada al mismo tiempo que por ellos con mucha prudencia examinada. Pero habiendo llegado el caso a tal extremo de no poder resistir más a la voluntad de Dios, que me veo obligada a comunicar-lo a usted, pues que tengo un presentimiento que por conducto de usted debo to-mar las primeras disposiciones para que tenga un feliz éxito la grande obra que Dios me pide. Debe usted suponer que a ésta mi carta precede la aprobación y bendición de mi Madre Correctora y prudente Director, después de tener ellos pruebas bien convincentes de ser la dicha fundación expresa voluntad de Dios.
   Si esta obra es grande, y por su grandeza le parece imposible que se realice, no tema, Dios que es el Todopoderoso lo allanará con su santísima gracia. En ver-dad conozco que serán muchas las contradicciones que se opondrán a la ejecu-ción de esta obra tan santa, pero también serán muy grandes los bienes que Dios derramará sobre esa población, y sobre las personas que habrán cooperado a obra tan importante”.
En parecidos términos escribe a otras personas y al Obispo de Tortosa -en cuya Diócesis se haría la fundación-.
   Pero ante las calamidades del mundo, las pruebas que sufrían el Papa, la Iglesia y toda la cristiandad, Filomena se ofreció como víctima al Señor suplicán-dole insistentemente que aceptase su sacrificio y alejase del mundo y de la Igle-sia tantas calamidades. Después de muchas súplicas y lágrimas Dios acepta su ofrecimiento. Y la enfermedad arreció de pronto. Próxima a su muerte animaba a todos asegurando que la fundación del Monasterio en Mora de Ebro, se realizaría aunque ella muriese, “porque es voluntad de Dios”, decía; pues el Señor le había manifestado: “Yo elijo el tiempo, el lugar y todo lo imposible para que se vea mejor que esta obra es mía”.
   Escribía al Párroco Prior de Mora de Ebro pocos días antes de su muer-te: “Glorificado sea Jesús nuestro amor y María nuestra esperanza. Mi muy apreciado Sr. Prior en el amantísimo Corazón de Jesús: Cumplido es ya el año que como víctima fui puesta en el altar del sacrificio, no permi-tiendo el Señor quedase sacrificada en el primer golpe, sino que por medio de lentos ardores y demás síntomas dolorosos, que han acompañado mi tan penosa enfermedad, ha ido consumiéndose esta víctima entre los golpes del amor y dolor, hallándome en tal estado, P. mío, que puede creer las paredes de esta prisión de mi cuerpo están sumamente lastimadas y aun puedo decir del todo deshechas, sintiendo por esto grande consolación mi pobrecita al-ma, que apoyada en la misericordia de Dios se alegra porque ve tan cerca el fin de su peregrinación, siendo esto lo que suspira noche y día, poder gozar del Dios de mi corazón, mi porción y eterna herencia. ¡Oh, qué feliz será para mí el instante que viéndose libre ya de la cárcel del cuerpo, mi alma será ínti-mamente unida con su Criador, unión que tanto suspiro y espero gozarla, Sr. Prior, no por mérito alguno de mi parte, antes bien llena de desméritos y pe-cados, sólo si llega su esperanza en la infinita misericordia de Dios! No me olvide en sus oraciones, pidiendo a la Inmaculada Virgen, mi dulcísima Ma-dre, que sea mi refugio en la hora de mi muerte.
En cuanto a la fundación, Sr. Prior, bien pueden preguntarme cómo que-da pues esta obra, sucediéndome a mí la muerte; a lo que les respondo, gozo en lo tocante a este punto de la mayor tranquilidad, sabiendo que queda el Omnipotente para todo: puede sí, mi muerte retardar la obra o pararla, pero no deshacer ser esta la voluntad de Dios; porque en mí sólo la muerte me hará olvidar de esto, pero el sentir la menor pena de no poderlo yo efectuar, en verdad le digo no la siento, pues ningún deseo nació en mí corazón de co-sa semejante, antes bien pedía me librase el Señor de esto, aunque lo mani-festé que fue lo que prometí a mi Dios con harta pena y sentimiento.
   Desearía ser más larga, pero no me es posible, Sr. Prior, por hallarme su-mamente oprimida y como agonizando, teniendo mis trémulas y moribundas manos que hacer un gran esfuerzo para formar estos torcidos renglones. De-searía, Sr. Prior, hiciese la caridad de manifestar a Mn. José de Vallobar mi estado, pues desearía escribirle lo que no me es posible, pidiéndole me en-comiende al Patriarca San José me asista en la hora de mi muerte.
   Sin más, reciba Sr. Prior, mil afectos de esta santa Comunidad y en par-ticular de su M. Correctora y de esta su humilde S. Q. B. S. P. V. Sor Filomena de Santa Coloma, Mínima Descalza por la Misericordia de Dios”.
   Todo se cumplió. La fundación se realizó 27 años después de su muer-te. Y hoy sigue en dicho Monasterio una comunidad de Monjas Mínimas, de-votísimas del Sagrado Corazón de Jesús; y el Templo Expiatorio anejo al Mo-nasterio es un faro de luz y un lugar de amor y reparación al Sagrado Co-razón. Filomena muere a los 27 años en concepto de santidad el día 13 de agosto de 1868.


SU MUERTE


En el “Llibre de Entrades, Profecías y Óbito” del Monasterio, escribió su Director Espiritual P. Narciso Dalmau: “El Día 13 de agosto del año 1868, a las siete de la mañana, en este nuestro Convento de la Inmaculada Concepción de la villa de Valls de Reli-giosas Mínimas descalzas, murió en olor de santidad la sierva de Dios Sor Filome-na de Santa Coloma, primera religiosa Mínima descalza de esta Comunidad.
   Esta Sierva de Dios, honor del santo hábito que vistió, y gloria del Claustro religioso en que habitaba, desde la edad de cuatro años en que Dios empezó a ejercitarla en pruebas particulares, y dispuesta por este medio para el logro de las virtudes heroicas, no se le notó en toda su vida desmentido su fervor. Al entrar al claustro religioso, se propuso imitar las virtudes de su gran Padre S. Francisco de Paula, y con su empeño y perseverancia llegó a ser una fiel imitadora.
   En sentir de algunos confesores que probaron y conocieron su espíritu, no han dudado en afirmar, que tanto su caridad para con Dios y su prójimo no podía casi subir a grado más elevado, ni su humildad a grado más profun-do. Heroicas han sido las virtudes de la fe y esperanza en medio de sus mu-chos y horrorosos combates que ha tenido que sostener contra el infierno.
   En su obediencia no se conocían límites, perfectísima fue su pobre-za: la abnegación de sí misma llegó a tal extremo, que sus suspiros no eran otros que poder vivir crucificada por el amor de su Esposo. Grande fue la desnudez de su espíritu, tanto de los bienes de la tierra como de los del cielo; su voluntad estaba siempre perfectísimamente unida con la de Dios; su recogimiento interior era profundo y continuo; su pacien-cia inalterable.
Conservó siempre muy candoroso el lirio de su pureza virginal en medio de las tremendas tentaciones que con grande firmeza sostenía contra el in-fierno.
   Dios complacido de su grande fidelidad, se dignó conducirla por los gra-dos más elevados de la divina contemplación. En este elevado ejercicio, la regaló con frecuentes raptos y éxtasis, visiones y revelaciones como ella mis-ma me ha escrito de su propia mano, y otras muchas gracias, que su divino Esposo con mucha frecuencia la dispensaba”.


MENSAJE EN PALABRAS E IMÁGENES


   Filomena sentía, por aquel tiempo, las tribulaciones del mundo y de la Iglesia, y rogaba intensamente al Señor el remedio de tantos males. San Mi-guel Arcángel pide a Filomena que dé a conocer su valimiento ante Dios para que los fieles acudan a su intercesión. Filomena da cuenta a su Confesor de éstas y otras palabras que durante varios días había escuchado en distintos momentos. Esta secuencia de palabras termina en una visión grandiosa que ilustra gráficamente el AMOR del Corazón de Jesús a los hombres. Ese amor no aceptado… y hasta combatido por estos... llena de tristeza y congoja al Corazón de Jesús, que no sabe qué más puede hacer por los hombres. Y en el colmo de su amor por nosotros asocia en su lucha a favor de la Humani-dad a su Santísima Madre la Virgen Inmaculada y a San Miguel Arcángel, de los que Él mismo recibe consuelo en las congojas y agonías que sufre des-de su misma Encarnación. Une tres voluntades a favor nuestro: El Corazón de Jesús, la Inmaculada y San Miguel Arcángel.
   Sigue el relato de Sor Filomena, que por ser muy extenso, reproducimos sólo lo más esencial del mismo: “Hace, como he dicho, Rdo. Padre, poca la diferencia, un mes y medio, sentí, del mo-do que solo Dios sabe, que el arcángel glo-riosísimo San Miguel me pedía: “Manifiesta lo mucho que puedo ante el Altísimo: di que me pidan cuanto quieran, pues es grande mi poder a favor de mis devotos”. Sentía en aquel tiempo las horrorosas calamidades con que se amenazaba a la capital de la Cristian-dad, y aun a la misma Cristiandad entera, si por desgracia se veía obligada su Cabeza a ausentarse de la Cátedra Pontifical el Sumo Pontífice Pio IX, y mi petición fue: “Os ruego, Arcángel nobilísimo, ya que tanto podéis y tanto deseáis volver por la gloria del Ser Eterno y exaltación de su santa Iglesia, no permitáis de modo alguno que nuestro Pastor el Sumo Pontífice haya de ausentarse de Roma. Id Vos en compañía de la Inmaculada Virgen María, y defendedle del fuego infernal. Haced, Arcángel mío, que triunfe nuestra santa Madre”.
   Desde que me aconteció lo dicho, hasta uno de estos días, empecé a oír en varias ocasiones: “Yo pondré dos joyas las mas preciosas para perpe-tua gloria de mi Corazón. Yo coronaré los dos movimientos de mi Corazón para perpetua memoria de las finezas de este Corazón tan amante de los hombres. Yo quiero mostrar con esta última fineza mía, el amor que tengo al hombre: yo ya no sé más qué hacer por el hombre. ¿Qué haré por el hombre?” A lo que le respondí: «salvadle, Dios mío, pues a este fin derramasteis vuestra preciosísima sangre”. Yo bien entendía que estas dos joyas tan pre-ciosas eran, María Inmaculada y Miguel Arcángel. Y también entendía la feliz suerte que les cabría a los que se empleasen en darles honor y gloria.
   Omito, Rdo. Padre, la menuda o extensa manifestación de los combates en que casi sin cesar se vio combatido el Santí-simo Corazón de Jesús desde que salió del delicioso pecho de su Eterno Padre, quiero decir, del dolor y del amor; y en todo lo que se me dio conocimiento, tengo visto, que siempre triunfó el amor de dolor. Triunfó, triunfa y triunfará el amor del dolor, pues de aquí adelante, no reci-birá dolor alguno el dulcísimo Corazón de Jesús por el motivo que después diré. Pasando ahora a la explicación del modo que se me enseñó para darle cuenta del último esfuerzo que hace el dulcí-simo Corazón del Verbo Eterno a favor de los hombres, fue el caso: parecióme que el Corazón de Jesús andaba muy fatigado y congojoso de un lugar a otro, como que no pudiese soportar la abundancia de gra-cias y dones que encerraba dentro de sí mis-mo. Andaba como que quisiese hallar refugio en algún lugar, y en lugar de reposo hallaba por todos lados como varas espinosas que con sus agudas espinas le herían y hacían derra-mar sangre: advirtiéndole Padre, que todo lo que de esto diré, no fue visto con mi vista corpórea, pues gustaba mucho de tenerla cerrada durante aquel tiempo. Andando, pues, tan acongojado este santísimo Corazón y como que iba a expirar de dolor, aparecieron dos estrellas de un resplandor y hermosura indecible, y acercándose a este divino Corazón en dos luga-res distintos que parece serían los que herían el amor y el dolor, y así como toparon las estre-llas con el Corazón, quedó éste tan sumamente aliviado de sus ya dichos afanes, que sus dolo-res se convirtieron en gozos, sus heridas en transportes del amor más tranquilo y suave.
   Llegadas las dos estrellas, y puestas la una al lado derecho y la otra al izquierdo, y convirtiéndose en tercera estrella este santísi-mo Corazón, sin dejar su natural figura de corazón, quedaron como triangu-ladas todas tres, formando el triángulo que se pone por señal de la unidad o igualdad de las tres Divinas Personas; pero entendiendo, que no significaba esta unidad (de las tres divinas personas) en las tres que allí se hallaban jun-tas, a saber, tres estrellas: el Corazón de Jesús la del medio; la del lado dere-cho, María Inmaculada, la del izquierdo Miguel arcángel, y el triangulo for-maba la unidad de las voluntades que todos tres tienen unidas a favor del hombre. María quiere pedir, Jesús o su Smo. Corazón quiere conceder y Mi-guel desea distribuir con liberalísima mano lo que María ha alcanzado.
   En cuanto a las palabras que noté, fueron las siguientes: Por el lado derecho noté hacia María repetidas veces fíat, fíat: desde María a Miguel, ve, ve, ve, y desde Miguel al Corazón de Jesús, ¿Quién como Dios? pero si tengo de dar conocimiento de la fineza que nos hace el dulcísimo Corazón de Jesús en jun-tar tres voluntades tan nobles a favor nuestro, no sabe mi balbuciente lengua hallar expresión con que poderme explicar; sólo diré, que desea el Stmo. Co-razón de Jesús cumplir la promesa que hizo cuando dijo: “yo reservo copiosos tesoros en mi Corazón para los últimos tiempos, para reanimar la fe medio muerta de los cristianos de esos tiempos”.
   Hemos llegado ya, Padre, a tan lamentable situación, y para asegurar-nos más del amor en que arde a favor nuestro, ha dispuesto, que primero fue-se herido por todos lados con las espinas más penetrantes de toda especie de pecados los más enormes, y estos, como saetas penetrantes, le han abierto heridas indecibles, y no pudiendo ya sufrir por más tiempo el amor que le abrasa, deseando nuestra eterna felicidad por cuyo fin se hizo hombre, y para que con más abundancia pueda derramar los caudalosos ríos de gra-cias que encierra en ese su Corazón por todas las heridas ya dichas, y no sa-biendo ya más qué hacer, dispone su amor infinito, que dos diamantes, los más atractivos, sean los que nos atraigan abundantísimamente los tesoros que se encierran en aquel piélago de amor. ¡Oh Dios mío! con razón os ex-clamáis, que ya no sabéis que hacer por el hombre!
   No soy, Rvdo. Padre, más larga en explicar más por menudo los bienes que por el decurso de dos años ha derramado el Corazón de Jesús en nuestra España y en otros puntos de la cristiandad, pero serán sin duda más admira-bles las misericordias que de aquí en adelante se derramarán entre nosotros, si nos esmeramos en la devoción al Corazón de Jesús, a María Inmaculada y Miguel Arcángel."

 

SOR FILOMENA

Su vida fue una oda de amor,
una jaculatoria continua,
un pentagrama de notas dulcísimas.
Profetizaba como Ana,
penetraba los secretos del corazón,
veía en las lejanías del futuro,
anunciaba los días desgraciados y los felices.
Fue escritora divina,
Sabia en teología, dulcísima en mística.

Su boca destilaba miel de buenos consejos,
de su pluma volaban santas enseñanzas.
Admiremos a la gran penitente.
L1evaba corona de espinas,
hacía penitencias rigurosas,
ayunaba a pan y agua.
Siguió a Cristo por la calle de la Amargura,
subió con Cristo la cuesta del Calvario.
(J. Grau, presbítero)

 

GRACIAS RECIBIDAS


 Mi hijo iba en moto al trabajo, en el camino se chocó con un camión, entre otras
cosas su cara quedó torcida, desfigurada. Lo encomendé a la Venerable Filomena,
y salió perfectamente de la operación que le hicieron, y está totalmente recuperado.
Deseo sea publicada esta gracia, y envío un donativo para su Causa de Beatificación.
(Dolores N.)


 Doy gracias a la Venerable, pues habiéndola invocado a causa de una molesta infección,
me ha escuchado y me encuentro totalmente restablecida. (E. F. N.)


 Estuve muy enfermo. Me encomendé a Sor Filomena. Creo haberme curado por su
intercesión. Mando una limosna. (Pepito Caminal)