Vida diaria

 LA ORACIÓN

 

  “La oración y la contemplación de las cosas celestiales son el  verdadero y más natural alimento de nuestra alma”. (S. Francisco de Paula)

 La oración es uno de los contenido integrante de nuestros  carisma cuaresmal: oración -ayuno-caridad.

 Tal como dice nuestra Regla, la oración, favorecida por “el silencio evangélico, debe ser pura y asidua”; la Regla nos exhorta “a no descuidar el  empeño de la santa oración”, pues, “Es una gran fuerza y, como fiel mensajero, cumple su misión y llega allí donde la carne no puede llegar”. Y nos señala algunas virtudes que favorecen la oración: “Sean todas exhortadas  a ser benignas, modestas y ejemplares, a no juzgar a los demás, sino a sí mismas, y a huir del mucho hablar, que no suele ser sin culpa”.

 

  La oración es nuestro verdadero apostolado. Por eso nuestra vocación contemplativa es al mismo tiempo una verdadera vocación apostólica:

 

  La Iglesia peregrinante es, por su propia naturaleza, misionera; por ello, la misión es esencial  para los institutos de vida contemplativa. Las monjas de clausura la viven permaneciendo en el corazón misionero de la Iglesia mediante la oración continua, la oblación de sí mismas y el ofrecimiento del sacrificio de alabanza”.

 

  “El monasterio representa la intimidad misma de la Iglesia, el corazón, donde el Espíritu siempre  gime y suplica por las necesidades de toda la Humanidad y donde se eleva sin descanso la acción de gracias por la Vida que cada día Él nos regala”.   (Verbi Sponsa)

VIDA FRATERNA

 

“Con el tiempo si Dios quiere, podremos proveer a su santa intención  para que en su casa, unidas en fervor de caridad, como religiosas, en su forma y Regla, puedan dar doctrina y ejemplo” (de las cartas de S. Francisco a las primeras mínimas)

 

Nuestro Sto. Fundador quiere de nosotras, que vivamos unidas en fervor de caridad; solo así podremos dar doctrina y ejemplo, no sólo a los que nos puedan observar desde fura, sino también, y sobre todo, a las nuevas generaciones, a aquellas jóvenes que también hoy llaman a nuestras puertas con intención de consagrarse a Dios en nuestra Orden.

 

El ejemplo nos llega desde los primeros cristianos: “La muchedumbre de los que habían creído tenían un corazón y un alma sola”. (Hechos 4, 32) Es lo que, con la gracia del Señor, nosotras intentamos vivir cada día y cada momento con esfuerzo y con alegría, porque precisamente la vida fraterna es una de las cosas más hermosas de la vida religiosa.  Nuestro carisma y espiritualidad nos facilita grandemente la vida fraterna.

 

Y  de veras es gratificante en una comunidad como la nuestra en la que estamos hermanas de cuatro países y de tres continentes distintos. Es una riqueza de culturas, de lenguas, de edades y de condiciones sociales distintas que nos enriquece. Esto nos abre y dilata nuestro espíritu y nuestro corazón a lo infinito. “Ved que dulzura y que delicia convivir los hermanos unidos”. (Salmo 132)

 

“Cuanto más intenso es el amor fraterno mayor es  la credibilidad del mensaje anunciado y mejor se percibe el corazón del misterio de la Iglesia como sacramento de la unión de los hombres con Dios y de los hombres entre sí” (Vida fraterna,  55)

 

“Las Comunidades  religiosas,  que anuncian con su vida el gozo y el valor humano y sobrenatural de la fraternidad cristiana, manifiesta a nuestra sociedad con la elocuencia de los hechos la fuerza transformadora de la Buena Nueva.” ( Vida Fraterna 56)